El Pequeño Magnate I - Secretos y Revelaciones

jueves, 4 de enero de 2018

Blanco y Negro... ¿Y el Gris?: Cap. 14



BLANCO Y NEGRO… ¿Y EL GRIS?

MAG

Historia

 

CAPÍTULO 14







DIEGO



Durante el recreo no vi a Andrea, le pregunté a Saraí por ella y, como siempre, su actitud me saó de mis casillas, aun así me dijo que no había venido al colegio. Fui a ver al director y me dijo que la había suspendido por las cartas que yo había dejado en su oficina. No quise ahondar en el asunto, estaba implicado hasta la médula pero no había sido sancionado y no sé por qué. 


Iba a pedirle a mi papá que me llevara con él a su apartamento, para poder visitarla. Pensaba en eso cuando por fin sonó el timbre de salida. Cuando salí me acerqué al nuevo otra vez, estaba solo ¡Pobre! Las únicas amigas que tenía eran Andrea y mi hermana, y al parecer Saraí estaba molesta con él, por la forma como lo miraba. 


Lo que me dijo en la mañana me dejó pensando que quizás no era malo. –Hola, nuevo. 


–Mi nombre es Peter –le molestaba que le dijera así y pensé en continuar la broma pero luego me dije que terminaríamos peleando y eso me ponía a mí en desventaja. 


–Ya, ya, Peter, está bien… sabes que le gustas a mi hermana ¿Verdad? Y que ella hará todo por ser tu novia –el miró hacia el grupo donde estaba Saraí con otras amigas y luego me miró a mí–. Le gustas mucho –confirmé. 


–Si digo que tu hermana es bonita y me gusta, querrás golpearme. 


–No –le respondí y me senté a su lado–. La verdad es que Saraí y yo somos como el agua y el aceite… en todo –le expliqué–. Además, prefiero tenerte de cuñado que tenerte de rival. 


–¿Por qué lo dices?  
–De alguna de las dos serás novio y prefiero que sea de Saraí. 


–No quiero ser novio de nadie, solo quiero que termine el curso y cambien a mi papa para Italia de nuevo, allá no tenía tantos problemas. 


–Y según tú, yo soy el culpable de esos problemas. 


–Sí. 


–¿Por qué no vienes a mi casa hoy? –no se por qué coño dije eso ¿Qué me estaba pasando? Me estaba ablandando con el nuevo. 


–¿Y para qué voy a ir para tu casa? 


–No sé –la verdad no sabía por qué lo había invitado, pero luego se me ocurrió decir algo a favor de Saraí–. Mi hermana seguro que le gustaría verte, mi mamá almuerza con nosotros y después nos quedamos solos –sonreí para que entendiera el punto. 


–Mejor no, como le dije a tu hermana, no quiero causar más problemas en casa –iba a insistir, no sé por qué. Estaba haciendo cosas que jamás haría en circunstancias normales, aunque no sé cuáles serían esas circunstancias. Lo único que sé es que de un momento a otro no veía al nuevo como una amenaza sino como un posible aliado para no meterme en problemas–. Debo irme, ya vinieron por mí –se levantó y se fue muy rápido. Entendí que sí debía tener problemas muy graves en su casa y los quería evitar a toda costa.






              JULIANA



Iba saliendo de la facultad con los informes de los alumnos, casi doscientas carpetas. Una verdadera odisea llegar hasta el carro. Como siempre, uno de mis estudiantes se acercó antes de que pudiera si quiera abrir el carro, la jovencita me preguntó algo que no llegué a escuchar y a lo que respondí “sí” solo por deshacerme de ella. Acababa de ver a Esteban hablando con otro chico en el estacionamiento. La estudiante que me había abordado ya se había retirado y yo pude meter todos los informes en el asiento trasero, pero no subí enseguida. 


Fui hasta donde estaba Esteban, quería verlo, hablar con él. Me sentía tan nerviosa como una adolescente. Esperaba que todo entre nosotros estuviera igual. –Esteban Méndez, me gustaría hablar contigo –fui lo más neutral que pude, pero si pudieran escuchar los latidos de mi corazón se hubieran dado cuenta de lo nerviosa que estaba. 


–¿Y de qué será, profesora? Yo ya no estudio aquí. 


–De nosotros –le dije muy firme y dispuesta a que todos se enteren que estoy enamorada de un jovencito. Me pareció ver que sonreía. Miró a su amigo y se despidió, abrió la puerta del copiloto de su carro invitándome a subir. Lo hice sin pensarlo, él rodeó el carro y subió. Lo encendió sin decir nada, me miró fijamente, pensé que me interrogaría acerca de lo que quería hablarle pero continuó callado. 


Salió del estacionamiento de la universidad y tomó la autopista, no sabía a dónde nos dirigíamos y él tampoco, me quedó claro cuando me preguntó a dónde quería ir. En ese momento recordé que tenía que recoger a mis hijos en el colegio, pero no quería perder la oportunidad de hablar con Esteban de lo que estaba sintiendo. –¿A dónde quieres ir? –repitió. 


Yo no le respondí, busqué mi celular y llamé a la única persona que me podía ayudar en ese momento. –Necesito que vayas por los niños –en mi voz se notaba la urgencia–. Por favor, Armando, es importante. –Esteban me tomó la mano y negó con la cabeza. Entendí que no quería que le rogara a mi ex. Tomó la siguiente salida y se dirigió hacia el colegio de mis hijos–. Olvídalo, yo iré por ellos –y colgué sin despedirme. 


Ya no había vuelta atrás, si Esteban me estaba poniendo a prueba con los chicos, seguro que la pasaría, porque íbamos justo al centro del problema.






              PETER



Otra vez mi papá no vino a almorzar. Solo somos mi mamá, Kelly y yo. Kelly habla de cómo le fue en la escuela. Siempre cuenta todo, desde que llega hasta que sale con todos los detalles, quien se pelea, quien dijo qué y todo. Yo en cambio, casi no hablo de la escuela, sigo sin hacer amigos y no dejo de pensar que daría igual si los hiciera porque a la mínima trasladan a mi papá de nuevo y tenemos que volver a comenzar. 


Mi mamá trató de sacarme conversación de cómo había estado mi día pero lo único que le dije fue que el chico que me había golpeado, me había hablado como si nada hubiera pasado. Ella dijo que quizás intentaba ser mi amigo. Yo la verdad dudo que ese sea el motivo por el cuál Diego me ha hablado, pienso que intenta acercarse a mí para que yo me aleje de Andrea. Debo admitir que me gusta, pero Saraí también, solo que me parece muy mandona y además se comporta como si todos fuéramos inferiores a ella y es lo que no me gusta de su actitud. –Papá sigue con la idea de enviarme a la academia militar ¿Verdad? 


–No, ya no piensa en eso –pensó que con su sonrisa me convencería pero yo sé cosas. 


–No mientas, los escucho pelear todas las noches –se puso seria de pronto, no estaba molesta pero seguro que no le gustó que la dejara en evidencia–. Pelean por mí y la academia… además de otras cosas. 


–¿Has estado escuchando detrás de la puerta? –me lo dijo en un tono de reproche y recordé que hace unos años sí acostumbraba a escuchar detrás de la puerta y me enteré de cosas que no debía, me sentí mal al recordar. 


–Fue sin querer, lo juro… La primera vez iba por un vaso de agua cuando escuché que peleaban y… la segunda llevaba a Kelly a su habitación porque se había quedado dormida en la mía. 


–Peter, las discusiones entre tu padre y yo nada tienen que ver contigo ni con Kelly… 


–Pero claro que son por mí –la interrumpí–. Porque él quiere enviarme a la academia militar y tú no quieres. 


–Joe y yo aún no nos ponemos de acuerdo en lo que vamos a hacer el próximo curso. Lo importante es que termines este curso y hagas amigos. Joe piensa que estaremos aquí una buena temporada como la última vez –esas últimas palabras, mi mamá las dijo sonriendo, estoy seguro que ella estaba convencida de que todo se solucionaría de la mejor manera, lástima que yo no sea tan optimista.






                LUIS GERARDO



La suspensión de Andrea el resto de la semana no le cayó tan mal. No estoy justificándola, lo digo porque tiene que estar de reposo médico. El doctor dijo que tenía un virus y que en cinco días, como mucho, estaría como nueva. A mi pobre niña tuvieron que pincharla dos veces, afortunadamente ya no hace escándalos como cuando era pequeña. 


Aymé nos encontró en la clínica y como esperaba Andrea se enojó, no reclamó ni nada pero con su cara lo decía todo. Sin embargo yo me sentí bien de tenerla a mi lado, nunca había tenido el apoyo de nadie en el momento de alguna enfermedad de mi hija. Todos esos momentos me tocó vivirlos solo, hasta ahora. Y es lo que Andrea no entiende, cómo me siento al estar con Aymé y sentir que está y estará allí cuando lo necesite. 


Ahora en casa, Andrea está en su habitación descansando mientras yo preparo el almuerzo junto a Aymé. Había llamado a la oficina para decir que llegaría tarde pero en vista de la hora y del malestar de mi hija decidí no ir a la oficina. Aymé está preparando la ensalada, tenía en el fuego el arroz con vegetales y en el momento en el que yo sazonaba la carne para freírla me la quitó y terminó haciéndola ella. Admito que cocina mejor que yo, además que le gusta hacerlo. Al momento de servir la comida me puse juguetón, me sentí como un adolescente que prepara la comida de manera romántica junto a su novia. La abracé por detrás y besé su cuello provocándole cosquillas y risas, la giré y nos besamos sin importarnos si la comida se enfriaba. Yo quería que el momento fuese eterno pero eso no pasó. –¿Papi? –la voz aun somnolienta de Andrea nos separó–. Tengo hambre –sonreí, eso significaba que mi pequeña se sentía mejor, me acerqué para darle un beso y al mismo tiempo comprobar su temperatura. Me sentí aliviado al notar que ya no tenía fiebre. Aymé sirvió la ensalada que era lo único que faltaba en el plato y pasó frente a nosotros hacia el comedor–. Tú no cocinaste ¿Verdad? 


Aymé se detuvo y me miró desde el comedor. –¿Por qué dices que yo no cociné? –pregunté con cautela, el tono que había usado Andrea no era hostil, sino más bien alegre. 


–Porque tú no harías la carne así, no se te ocurriría hacer el arroz así y la ensalada tiene parmesano y tú solo lo usas para la pasta mi hija me conocía bien, admití que no había cocinado pero que había ayudado en la preparación. Ella hizo una mueca que no supe interpretar–. Veamos si sabes cocinar… Al menos tiene mejor aspecto que tu comida –me dejó parado sin saber qué decir y se fue al comedor. 


No sé si el virus cambió a mi hija o solo me lo parece, pero la actitud de Andrea había dejado de ser hostil para ser tolerante y eso era un gran paso.






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